
Desde que el hombre imaginó la bicicleta hace ya cientos de años, este artefacto tan sencillo de conducir, ha sido empleado en infinidad de funciones: mensajería, transporte público, en incluso, en guerras fratricidas; hasta lo que conocemos como las grandes carreras de ruta o eventos en velódromos, casi siempre techados y de 250 metros de extensión, con una pista sobre la que los pedalistas – mujeres y hombres -, logran velocidades asombrosas.
Pero no es mi intención contar la historia de estos artefactos que a lo largo de la historia evolucionaron hasta lo que hoy conocemos como bicicleta, de tanta utilidad en América Latina, donde se asentó una cultura de utilización - no solo como medio de traslación -, sino también para poner a prueba las capacidades físicas de mujeres y hombres en su conjunto.
El ciclismo es un deporte con arraigo en la región latinoamericana y caribeña. En países como Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela, República Dominicana y Cuba, el deporte de las bielas y los pedales le disputa preponderancia al apabullante imperio del fútbol, no porque competitivamente sea superior, sino que la bicicleta es para nuestras sociedades más que un implemento deportivo un componente esencial del patrimonio cultural.
No son pocas las competencias ciclísticas que a lo largo de cada año se hacen en la extensa geografía de América Latina y el Caribe en las modalidades de ruta, pista, Mountain Bike y BMX, al tiempo que van apareciendo algunas de Cyclocross.
La Vuelta al Táchira, en Venezuela; la de Colombia, que cada año universaliza la potencialidad del ciclismo de este país; el Tour de San Luis, en Argentina; y la Vuelta a Costa Rica, que cada temporada cierra el calendario de la Unión Ciclística Internacional (UCI) en el hemisferio occidental, se cuentan entre los eventos de ruta que acaparan la mirada de millones de personas.
Igual puede decirse de los campeonatos de ciclismo en pista, entre los cuales Colombia acoge cada año una de las paradas de las Copas del Mundo.
Y es que Colombia tiene tradición y liderazgo bien fundados en el ciclismo universal. Allí está la figura legendaria de Martín Cochise Rodríguez, campeón mundial de la hora y dueño de otros importantes premios, que lo catapultaron a lo más alto del podio de los grandes campeones.
En ese pedestal glorioso del ciclismo colombiano acompañan a Cochise otras luminarias que en los últimos cincuenta años han escrito páginas brillantes con talento, tenacidad y admirable espíritu de victoria.
Entre otros, sobresalen Santiago Botero, campeón mundial de contrarreloj; María Luisa Calle, medallista de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004; Rigoberto Urán, subcampeón olímpico en Londres 2012; Nairo Quintana, ganador del Giro de Italia; Mariana Pajón, titular olímpica en Londres y Rio de Janeiro y multicampeona del mundo en la modalidad de BMX; y en el último lustro, Fernando Gaviria, titular mundial en el Omnium de pista.
El ciclismo como expresión profundamente cultural se irradia por todas partes, no solo en el ámbito meramente competitivo, sino también como medio de transporte individual y colectivo.
La cultura ciclística en América Latina y el Caribe se enlaza con las necesidades de los ciudadanos, al tiempo que incita a ejercitar el organismo humano como forma de conseguir índices de buena salud y sana espiritualidad.
Las grandes cadenas televisivas devenidas emporios mediáticos transmiten las pruebas ciclísticas mundiales más famosas e importantes: Tour de Francia, Giro de Italia y la Vuelta a España.
Cuando ya han transcurrido 16 años del siglo XXI, aún el ciclismo latinoamericano y caribeño debiera tener más presencia en las pantallas de la televisión; e incluso en la radio, aunque algunas radioemisoras transmiten las carreras y eventos más importantes en sus respectivos países.
En medio de tanta publicidad en soportes audiovisuales, anuncios, videoclips y sonidos de toda naturaleza, el ciclismo debiera ser mucho más reconocido desde el punto de vista social y cultural, a partir de que su práctica articula a conglomerados humanos, traza metas y pone a prueba la tenacidad de quienes lo practican.
Pero desde que el señor dinero irrumpió en los organismos deportivos mundiales, empezando por el Comité Olímpico Internacional (COI), el mundillo deportivo dio un giro de 180 grados o quizás más.
Las medallas tienen un valor monetario – según el color y en correspondencia con los patrimonios de los comités olímpicos nacionales -, en tanto la indumentaria de los atletas y equipos se diseña y confecciona bajo la mirada inquisidora de grandes transnacionales como Adidas, Nike y Fila, no pocas veces relegándose el valor simbólico de la bandera u otro estampilla identitaria de países y pueblos, porque sencillamente quien paga manda.
El ciclismo es mucho más que un deporte de pruebas y de alta competición; es una necesidad de las sociedades contemporáneas, incluso de las más desarrolladas.
Es también identidad, cultura y conquista de los pueblos latinoamericanos y caribeños, tan diversos como semejantes, aunque caminen sobre ruedas.