La reconstrucción europea luego de la Segunda Guerra Mundial obligó a los fabricantes de automóviles a concebir modelos acordes al momento. Resaltó como nunca el espíritu práctico y funcional europeo, sobre los descomunales mastodontes que los embelesados fabricantes norteamericanos se dedicaron a producir.
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Jhon Travolta da giro tras giro, mientras la música de los Bee Gees marca para toda la vida a quienes tienen menos de veinte años. Esos jóvenes harán de un pequeño y alegre auto toda una Fiesta que ya dura más de 30 años. El Ford Fiesta, precisamente, es uno de los coches más exitosos de la marca del óvalo azul, con más de 10 millones de unidades vendidas, seis generaciones de 1976 hasta 2006, y ya se anuncia un nuevo relevo (vea nuestro Spotlight).
El Lancia Astura Double Phaeton "Castagna" del año 1933 es un automóvil vencedor del prestigioso "Coppa d'Oro di Villa d'Este" en ese año. Fue encargado por un cliente americano a la carrocera Castagna y se cree que fue el regalo hecho por la famosa heredera del tabaco Bárbara Hutton a su esposo.
Los años veinte fueron dominados por los autos ingleses. Son famosos los records de velocidad impuestos por los gigantescos Bentley de la época, así como las cotas de confort impuestas por los Rolls. Los franceses, con ese pragmatismo que los caracteriza, se destacaron en la concepción de autos más modestos, más cercanos a la ”gente común“, pero de aceptables perfomances.
La historia del automóvil cuenta con algunos pasajes que injustamente casi han caído en el olvido. Como siempre grandes eventos, hazañas y personalidades opacan no pocos acontecimientos en extremo interesantes y dignos de mejor memoria.
Hasta el año de 1961 existió en Norteamérica la marca automotriz DeSoto, perteneciente a Chrysler Corporation. Nunca fue un auto extraordinario y su logro más relevante fue su propia subsistencia, pues desde su nacimiento ya resultaba innecesaria para su Compañía. Esto no quita para que, como muchas cosas nuevas, resultara todo un éxito de ventas durante sus primeros años de vida.
Era un hecho: la desaparición de la American Motors Corp. como compañía independiente sería cuestión de tiempo. Sus finanzas hacían agua por todos lados y era incapaz de actualizar sus modelos para hacerlos competitivos con el resto del mercado norteamericano de finales de los sesenta y hasta los ochenta. Sin embargo, gracias a la audacia de sus ingenieros la firma hizo malabares con sus recursos y logró incluso introducir algunos conceptos interesantes.
El detonante fue un concurso convocado por el ejército portugués para la adquisición de 400 camiones de tracción total. Eduardo Barreiros vio una oportunidad en este concurso y a pesar de no contar con la autorización para fabricar vehículos completos, se decidió a participar en el concurso. Un pequeño equipo a sus órdenes puso manos a la obra, aunque debido a la premura de tiempo ni siquiera se dibujaron planos completos, ni muchos otros cálculos, acortando notablemente el proceso de diseño de un vehículo.
